El secreto de Don Quijote© Dominique Aubier y la clave de lectura cabalística
El secreto de Don Quijote©:
Dominique Aubier y la clave de lectura cabalística©
por Dominique Blumenstihl-Roth
1. La inteligencia de la palabra frente a las certezas estrechas
Nuestros enfoques universitarios y nuestros reflejos racionalistas tienden a congelar el conocimiento en un marco académico reconfortante pero limitado. Al apoyarnos en certezas adquiridas y en referencias históricas convencionales, llegamos a descuidar la dimensión primera del lenguaje: la inteligencia de la palabra y la fuerza intrínseca del Verbo.
A semejanza del redescubrimiento tardío de las leyes de la herencia de Mendel —que permanecieron ignoradas durante treinta y cinco años antes de ser rehabilitadas (1)—, las verdades fundamentales sufren a menudo una falta de apertura teórica. Para superar este dogmatismo y evitar restringir nuestro pensamiento, conviene no refugiarse en certezas estrechas, sino, por el contrario, llevar la razón con valentía y estudiar el recorrido de quienes introdujeron una novedad, con el fin de afianzar nuestra propia labor.
2. Don Quijote y la tradición hebraica
Es en esta perspectiva donde la obra de Cervantes cobra toda su dimensión. Lejos de ser una simple novela de caballerías, «Don Quijote constituye la clave de acceso —el "ramal"— que permite descifrar el pensamiento cabalístico del Zohar». Según Dominique Aubier, la obra encierra una modelización completa del funcionamiento del espíritu humano y marca una verdadera mutación del pensamiento bíblico.
A través de sus obras, y en particular su magistral Don Quijote, Profeta y Cabalista, Dominique Aubier demuestra que «esta filiación se explica por el contexto de la España del Siglo de Oro, impulsada por un esfuerzo preecuménico orientado a conciliar las aportaciones del judaísmo, del catolicismo y del islam» (2). La estructura misma de la lengua española en Cervantes lleva la impronta de la semántica y de la gramática hebraicas. «Al igual que el Renacimiento integró la cultura griega para enriquecer el humanismo —precisa Dominique Aubier—, resulta necesario integrar el hebreo: esta lengua, concebida para aprehender directamente lo real, ofrece mecanismos de pensamiento comparables a la rigurosidad de las matemáticas» (3).
3. Método para descifrar Don Quijote
El proceso de investigación exige no solo una rigurosidad constante, sino la capacidad de desprenderse de las ideas recibidas. El espíritu en alerta acepta otras modalidades de pensamiento que aquellas que arrullan nuestros hábitos, nuestros recuerdos y, a veces, nuestras sumisiones de aceptación. «Demasiado a menudo hemos olvidado el Verbo y la inteligencia de la palabra». Conforme a la enseñanza talmúdica, la investigación nunca debe reinventar lo que ya está adquirido. Es preciso partir sistemáticamente del último estado del Conocimiento y apoyarse en el trabajo de exégesis más elaborado. Integrar lo adquirido, partir hacia lo nuevo.
«Para decodificar Don Quijote —explica Dominique Aubier—, debe prestarse gran atención al texto original en sus primeras ediciones. La lectura debe penetrar el pensamiento de la época, la metáfora y sus recursos imaginativos. Detectar lo oculto, descubrir lo no dicho. Localizar la alusión que, mediante una palabra singular o repetida, remite a una fuente secreta pero suficientemente señalizada para extraer de ella la continuación del discurso.» La investigación etimológica no basta. Para descifrar Don Quijote, hay que recurrir a la «Ciencia de las Letras». A imagen de los cabalistas, el sufí Ibn 'Arabî dedicó él mismo toda una obra a este enfoque de los Textos mediante el secreto de las Letras que los componen. Cada letra del alfabeto posee su significado propio, directamente ligado a la Revelación de la que fue objeto en el Sinaí. Semejante enfoque supera con creces la filología clásica y sus compartimentaciones tradicionales.
4. La controversia frente a la innovación quijotesca
El método de investigación adoptado por Dominique Aubier pudo incomodar a la comunidad de investigadores, que no siempre dispone de los instrumentos (y del contexto de libertad) requeridos. Tal hispanista, traductor de prestigio, domina el castellano a la perfección, pero ante el extraordinario Don Quijote compuesto en jeroglíficos lingüísticos de doble o triple entrada, permanece perplejo ante las lenguas semíticas que lo atraviesan. Tal investigador posee el acceso a la doble cultura, pero extraños temores (¿miedos ante las crispaciones académicas?) le hacen, por prudencia, descartar o incluso negar la existencia de hechos históricamente probados (4).
Existen, por suerte, investigadores libres para quienes la verdad es un principio de ontología y que coinciden con la tesis de Dominique Aubier, como los profesores Lucien Guenoun (Sorbona), cuyo artículo aparecido en la Encyclopædia Universalis tuvo un efecto resonante, Gonzalo Maeso (Universidad de Granada, experto en arameo y hebreo) y Ruth Reichelberg (Universidad Bar Ilán, Tel Aviv, quien retomó la tesis en una audaz obra).
Aceptamos las críticas. El debate. Las controversias son un fenómeno normal ante una innovación que conmociona lo adquirido. La historia de los descubrimientos muestra que lo que al principio parece imposible, e incluso intolerable, termina a menudo no solo por verificarse, sino por aparecer como una evidencia. Ante un avance conceptual, la actitud habitual consiste primero en cuestionar su veracidad para, una vez establecida esta, intentar… arrebatársele el honor a su autor.
En suma, el estudio cruzado de Don Quijote y de los textos fundacionales invita a superar las ideas ordinarias y los conformismos intelectuales para renovar en profundidad nuestra comprensión de los mecanismos del pensamiento. Es todo el mérito de Dominique Aubier —y su valentía intelectual— haber desafiado la industriosa retórica de los estancamientos y clasificado el gran libro de Cervantes entre las obras civilizadoras de primer orden: profético, sin lugar a dudas.
Notas:
(1) Mendel descubre en 1865 las leyes hereditarias; permanecen ignoradas hasta 1900, cuando el botánico de Vries y sus colegas redescubren mediante sus propios trabajos lo que ya había sido hallado 35 años antes.
(2) (3) Entrevista de Dominique Aubier con Christian Trudel, diario La Croix del 25 de enero de 1969.
(4) La investigadora Ruth Fine, hispanista y hebraísta, nos asombra cuando afirma que Cervantes no habría podido acceder a la lengua hebrea, al estar esta excluida del territorio español por el Decreto de Alhambra. El propio Cervantes la desmiente en el capítulo 9, vol. I, cuando encuentra al joven traductor arabófono: «si yo se le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara». Prof. Maurice Bardon precisa en una nota de las ediciones Garnier: «Cervantes quiere hablar del hebreo y hace alusión a los numerosos judíos de Toledo.» Por lo tanto, aún los había en 1605. La experta parece ignorar que el escritor español Francisco de Quevedo, contemporáneo de Cervantes, redacta en la misma época —es decir, más de un siglo después de la promulgación del nefasto decreto de 1492— un comentario del Alfabeto hebreo aumentado con notas «tocantes al hebraísmo». La investigadora despacha otro argumento de autoridad inexplicable al declarar que, según ella, ningún texto hebreo estaba disponible en España en esa época. Esta afirmación perentoria no resiste el hecho histórico de que en Alcalá de Henares, donde Cervantes realizó sus estudios, se encontraba (y se encuentra aún hoy) la Biblia Políglota redactada en hebreo, latín y griego.
Menciones de autoría y Licencia:
Dominique Aubier y la clave de lectura quijotesca© Don Quijote y la tradición hebraica© © Dominique Blumenstihl-Roth — (2026).
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