Don Quijote ha soñado con Dulcinea, hija de Canaán, por Dominique Blumenstihl-Roth

Don Quijote ha soñado con Dulcinea
por Dominique Blumenstihl-Roth ©

 

1. ¿Un sueño ?

No por cierto: la ha visto en la cueva de Montesinos y se le ha aparecido bajo los rasgos de la labradora que Sancho le había señalado en el capítulo 10-II: «Yo la conocí en que trae los mismos vestidos que traía cuando tú me la mostraste».

Era ella, pues, realismo garantizado por un hecho vivido y, por ende, incontestable, en el que se apoya la visión del Quijote. No puede tratarse de una alucinación: ella estaba allí, en la cueva, tal como estuvo a la salida del Toboso, con los mismos atavíos, el mismo rostro. Este viaje a las entrañas de la tierra no fue un episodio onírico, sino la inspección minuciosa de un espíritu que busca verse a sí mismo frente a lo absoluto.

El relato quijotesco del descenso a la cueva responde a la inquietante —¡y sublime!— «identidad narrativa» de un locutor deslumbrante a quien se cree loco, y cuyo pensamiento no tolera cuestionamiento alguno. ¿Y por qué habría de dudar de lo que vio, creyó ver o esperó ver, si para él su visión ocular y su visión metafísica forman una unidad indisociable y coherente? El narrador no desea que su epopeya sea sometida a la inspección de un psicoanálisis cuyos instrumentos de investigación no han depositado sus garantías, mientras que, para prevenir cualquier duda sobre su honestidad, el visionario se esmera en presentar su investidura respaldada por tan altas damas como la Tolosa y la Molinera.

Don Quijote, en tanto que héroe y en tanto que obra cumbre de la civilización, ha derrotado severamente al Caballero de los Espejos, quien pretendía someterlo a su estrategia presuntamente terapéutica. Victoria total sobre los innumerables Carrascos que intentarían sofocarlo bajo uno de sus múltiples espejos centelleantes —multitud de ciencias de las cuales cada una querría iluminar al héroe allí donde solo consiguen reflejar un ínfimo destello sin recomponer su luz fundamental. ¡Impostura todo ello! Impostura del falso caballero andante, que solo debe su supervivencia a la intervención in extremis de Tomé Cecial, el escudero de la nariz postiza (cap. 14-II), cuyo imponente órgano —«espantables narices» que tienen a Sancho en un sinvivir— será objeto de una exégesis futura. Los accesorios de la impostura terminan por desprenderse, a tal punto la verdad impone, por sí misma, su propia ley.


2. Don Quijote ha reconocido a Dulcinea
Sabemos que la ha visto. Quien dudar de ello quiera, se le ruega que abandone el territorio donde solo son admitidos los amigos de Don Quijote. Se impone ser intransigente en cuanto a la validez de las declaraciones quijotescas: no corresponden al debate dialéctico. Las tenemos por verdaderas porque lo son, aun cuando no las comprendamos todas. «Lo que yo te digo es la verdad» (cap. 8-I); le corresponde al lector, al de nuestro tiempo y al de los tiempos venideros, desentrañar cada vez mejor la niebla que impediría el acceso al sentido. El tesoro está al alcance de cualquier mirada suficientemente despierta que no se deje extraviar por los atractivos de moda de las « Casildeas de Vandalia ».


3. Estoy, una vez más, a la entrada del Toboso
Don Quijote y Sancho se adentran en él de noche con la idea de descubrir el alcázar —el palacio— donde reside Dulcinea. Que en este capítulo 9, tomo II, Cervantes escribe con «c». Nuestro Caballero cuenta con recibir de la bella su investidura solemne. Cierto es que, en el tomo I, ya se benefició de esta promoción en la venta, tras una noche de vela atormentada por arrieros. El ventero se había plegado al deseo del Quijote y había resuelto «darle la negra orden de caballería...». Ceremonia en toda regla: doña Tolosa, «hija de un remendón de Toledo», le había ceñido la espada, mientras que la Molinera, «hija de un honrado molinero de Antequera», le había calzado la espuela, convirtiéndose por este gesto en doña Molinera. Esta nombramiento, reglamentario, le bastaba a Don Quijote para permitirle asumir las aventuras que se van desgranando a lo largo del tomo I de la saga.

El tomo II se abre con la misma preocupación por la legitimidad. Lo alcanzado en el tomo I ya no basta para emprender la segunda parte de la epopeya, donde poderosas fuerzas se interponen en la misión del caballero. Don Quijote necesita una confirmación que consolide su vasallaje particular. Solo su dama de corazón dispone de la autoridad para poder otorgarle la bendición. «Allí he resuelto ir antes que en otra aventura me meta». Es con certeza al Toboso adonde debe dirigirse, pues allí reside quien tiene autoridad sobre él. «Allí tomaré la licencia y bendición de la sin par Dulcinea».

Encontrar al fin a su emperatriz... ¿pero no la ha visto ya? Que no, asegura con vehemencia en el capítulo 9. ¿La verá al fin? 

Sancho pone en escena una extraordinaria composición, ayudado en ello por un feliz azar que le hace topat con tres labradoras a la salida del pueblo. Sostenido por su inmenso talento de narrador, logra convencer a Don Quijote de que una de las tres jóvenes es la princesa Dulcinea, metamorfoseada en «labradora», montada sobre una «hacanea». A menos que sea una «cananea», como dice Sancho. Confusión o dislexia que Don Quijote se apresura a corregir tratándose de designar a los pollinos. Aunque no está claro si son asnos o asnas (pollinos o pollinas), «porque el autor no lo declara». Dado que el autor no da precisiones (¡si no es para decir que no las da!), la réplica de Sancho es pertinente cuando exclama: «poca diferencia hay de hacaneas a cananeas». Invitación, por la negativa, a prestar toda nuestra atención a la palabra impropiamente utilizada por Sancho. ¿Cómo llega a decir «cananea» si, en la visión quijotesca, los pollinos se convierten en soberbias yeguas? Cervantes vuelve varias veces sobre el error de Sancho, quien se corrige a sí mismo: «¿es posible que tres hacaneas, o como se llaman, blancas como la nieve, le parezcan a vuestra merced pollinos?».


4. Sagrada cananea (o ¡Vaya cananea!)
¡Cuánta insistencia sobre el tema de las monturas! Y todo ello para llegar a que el propio narrador —no Sancho enredado en sus nudos lingüísticos, sino el mismísimo autor del Quijote contaminado por las malas pronunciaciones— termina por cometer a su vez la confusión: «Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando, picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, comenzó a correr por el prado...». Picar a la cananea para que se ponga en movimiento... ¡en nuestra mente! El narrador pica la palabra «cananea»; el término le importa, le da la razón a Sancho. El lector ya no podrá disputar ni dudar. Dulcinea cabalga, aceptémoslo definitivamente ya que el autor insiste en ello, sobre una «cananea». ¿Y qué demonios iba a cabalgar si encarna a la Shejiná? ¿Acaso algún pollino (o pollina) o yegua? No, la Shejiná solo puede cabalgar una monture acorde a su dignidad. DulZinea-Shejiná solo puede cabalgar una montura procedente, como ella, de «Canaán», palabra hebrea que designa la Tierra Santa, sobre la cual Cervantes ha forjado la dislexia llena de sentido de Sancho.

El error del escudero, bajo la apariencia de una graciosa confusión, no es tal: expresa, por el contrario, la plena verdad de una visión que transvaloriza lo aparente. Incontestable verdad, afirmada por el «historiador-narrador-traductor» que nos ha prometido que en todo momento jamás diría más que la verdad. Dulcinea-Shejiná, a la salida del Toboso —Tob' Sod, en hebreo: el buen secreto—, apareciéndose a Don Quijote bajo los rasgos de la labradora, es necesariamente cananea: hija de Canaán.

El lector sefardí instruido, en tiempos de Cervantes, debió de jubilarse al leer esta combinación, impenetrable para quien no disponga de la clave de lectura, de la cual Cervantes, sin embargo, se aplica en dar indicios para que la atención se remonte a lo disimulado: el espíritu despierto del lector de hoy («¡haz de tus ojos linternas!», aconseja Don Quijote) apreciará el humor aumentado de Cervantes que, mediante este codificación «cananea», amplifica la burla que Sancho le hace a su Señor, al tiempo que imparte una poderosa lección iniciática sobre la identidad metafísica de Dulcinea.

 

Referencias

Don Quijote profeta y cabalista

— Para los Amigos de Don Quijote: La exégesis de Don Quijote en 5 volúmenes 

Nouvelles exégèses de Don Quichotte

La Barque enchantée La barca encantada: exégesis del capítulo 29 - II de Don Quijote

DulZinea (El secreto de Dulcinea del Toboso)

El cineasta Raúl Rincón realizó un documental sobre la obra de Dominique Aubier titulado "El secreto de Don Quijote". Premio al mejor documental en el festival Las Dunas, emitido a nivel mundial por satélite por RTVE.

 

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